A Luis Dorieux la diabetes
lo dejó sin piernas. A pesar de eso, adaptó su batería
y hoy sigue rockeando con los Peces Gordos. Increíblemente,
este ex policía retirado que recorre escenarios desde que
tenía 14 años, explota de vitalidad: habla, ríe
y recuerda una anécdota tras otra. Pero esa vitalidad está
confinada a su casa de Villa Carmela. Cualquiera diría
que la diabetes es el principal obstáculo que le puso enfrente
el destino. Quizás sea el más importante, pero no
el único: a diario miles de barreras se interponen en su
camino y hacen que la silla de ruedas de la vida se empantane
en el desánimo.
LA GACETA llega a la vivienda de Villa Carmela y toca el timbre.
La invitación está hecha: "Luis, vamos a pasear
por la avenida Aconquija (Yerba Buena)". "De una, vamos",
responde el baterista. El objetivo no es recreativo, sino social:
identificar los obstáculos que les impiden la circulación
a los discapacitados y a las personas de la tercera edad, entre
otros transeúntes.
Rápidamente, Luis se acomoda en el asiento delantero,
la silla de ruedas va al baúl y comienza el viaje. "Yo
paso 22 de las 24 horas del día adentro de casa. Antes,
si quería salir, irme solo, pasear o hacer cualquier cosa,
agarraba el auto y listo. Ahora necesito de alguien sí
o sí, porque es imposible que me mueva solo", explica
mientras el vehículo recorre Camino del Perú.
A unos pocos metros del Cristo, en Aconquija y Chile, empiezan
los problemas. Luis quiere subir a la vereda por un vado (rampa)
que parece una broma: por la base corre un río de agua
y arriba, a menos de un metro, hay un escalón. Si quisiera
ascender sin ayuda se quedaría con las ganas.
"Estar encerrado entre cuatro paredes es horrible. Es que
no te queda otra: no hay rampas, las veredas están rotas,
hay obstáculos por todos lados, los baños de los
bares son de terror, no te podés tomar ningún colectivo,
ni siquiera los de larga distancia", enumera. Sus palabras
tienen más espíritu de reclamo que de lamento. Y
las pronuncia justo cuando aparece otro obstáculo: en Aconquija
al 200 hay una rampa destrozada y, cuatro metros más adelante,
un poste de luz en el medio de la angosta vereda. Si quisiera
pasar por allí, seguramente terminaría desparramado
en la avenida, a merced de las ruedas de autos y colectivos.
Luis tiene cuatro hijos (dos varones y dos mujeres de entre 36
y 18 años). Ellos son los que lo acompañan a todos
lados. "Igual, nos pegamos varios porrazos juntos",
exclama entre risas. Y la sonrisa le dura poco. Por detrás
de la parada de colectivos del 800 de la avenida, queda un espacio
de poco más de un metro para pasar. Pero un poste del alumbrado
público se levanta justo detrás de la estructura
y reduce el espacio. La silla de ruedas apenas pasa y todo gracias
a que alguien ayuda a Luis a maniobrarla
Las raíces de los árboles levantan las veredas;
los postes de luz, los carteles y las señalizaciones aparecen
en el lugar menos pensado; hay rampas con demasiada pendiente
o que, directamente, están destruidas, no hay baños
para discapacitados y la lista sigue... El paseo termina tal como
comenzó: con Luis sentado en el asiento delantero del auto.
Entre todos estos obstáculos, su silla de ruedas se sigue
empantanando en el desánimo y la indignación.
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